Preludio 2

Traducir el color del sujeto
Dominique Marin

En 1973 Lacan afirma que la interpretación analítica inventada por Freud concierne “al orden de la traducción”, que siempre provoca una pérdida, añadiendo: «y bien, de lo que se trata, en efecto, es de que se pierde; se palpa, ¿no es así?, que esta pérdida es lo real mismo del inconsciente.»1 Esta pérdida es real, depende de la relación sexual imposible de escribir y surge al final de la cura como lo que llamo el resto intraducido [intraduit]. Acontece que ese residuo de la interpretación sea abordado bastante de cerca en el procedimiento del pase.

Elisabete Thamer lo ha recordado en su argumentación de presentación: los carteles del pase se quieren sin duda plurilingües. Esta dimensión me parece tanto más preciosa en cuanto permite desmarcarse de un movimiento emergente en nuestra época. El caso de la poetisa Amanda Gorman, ocurrida a pesar de ella, sobre su poesía The Hill We Climb, escrita para la investidura del presidente Joe Biden, es edificante. Ya que Gorman tiene un color de piel llamado negro, algunos piden que sea traducido por un poeta que tenga el mismo color. Conocemos la lógica que se basa en estas reivindicaciones de reconocimiento social.El analista no está ahí para juzgar los fenómenos sociales, sino para intentar interpretarlos. Los poetas no son inmunes a las prisiones identitaria de lo imaginario. ¿Significa esto que un poeta sólo puede ser traducido correctamente por otro del mismo color? Y este color debería detenerse en el color de la piel o también en el género, sabiendo «que puede haber mujer color de hombre u hombre color de mujer»2; ¿Y por qué no, también, hacer de ello una cuestión de generación, inclusive de geografía? En esta lógica puramente identitaria, un poeta sólo puede ser traducido por un semejante del mismo color de piel, del mismo género, de la misma generación, del mismo país. Sólo él mismo podría eventualmente ser autorizado a traducirse.

Si nuestra Escuela – es decir, cada analista en su práctica – está orientada, lo está precisamente por lo real de la no relación sexual, a la que objeta el objeto a, justamente definido por Lacan como «pérdida en la identidad»3.  Nuestra Escuela no puede ir en la dirección de la corriente segregacionista e identitaria de la época, porque el analista conoce las recomendaciones de Lacan sobre lo que debe saber: «a lo que su epoca lo arrastra  en la obra continuada de Babel, y que sepa su función de intérprete en la discordia de los lenguajes.»4 La discordia de las lenguas no tiene nada que ver con las lenguas nacionales, porque esa aloja en el corazón de cada ser hablante. El analizante, necesariamente en búsqueda de sí mismo en sucura, tropieza con estos fragmentos de lenguaje fuera del sentido que el discurso interior de sus pensamientos inconscientes repara en su fondo. 

La cura, como los dispositivos internacionales del pase, obran contra todo entre-sí, teniendo en cuenta el color no todo traducible del ser hablante. «El ser del color»5 de sexo nodice mucho del sujeto, nos recuerda Lacan. Yves Bonnefoy, poeta y ensayista francés, se preguntaba, cómo traducir, poéticamente, el color rojo de tal flor efímera con la ayuda de la palabra rojo que expresa el concepto eterno de un color.


1 J. Lacan, entrevista en France Culture en julio de 1973, con motivo del 28° Congreso de psicoanálisis internacional en París y publicado en Le Coq-Héron, N° 46-47, París, 1974.
2 J. Lacan, El Seminario, Libro 23, El sinthome, Paidós, Buenos Aires 2009, p. 114.
3 Cf. « perte dans l’identité  » en J. Lacan, Le Séminaire, livre XVI, D’un Autre à l’autre, Paris, Seuil, 2006, p. 21. [Tr. ns.]
4 J. Lacan, «Función y campo de la palabra y del lenguaje», en Escritos, volumen I, siglo veintiuno, México 1971, p. 138.
5 J. Lacan, El Seminario, Libro 23, El sinthome, op. cit., p. 114.