Preludio 1

La Babel lacaniana
Camila Vidal

El pensamiento humano tiende constantemente a la totalidad, como sabemos, de ahí al totalitarismo no hay más que un paso.
Sigmund Freud buscó la solución de una cierta preservación estrictamente formal de su discurso, en la editorial por él creada a tal fin, a la espera de que algún día algún lector pudiese rescatarlo en su verdadero decir. Lo encontró, años después, en Jacques Lacan. 
Éste, más audaz o quizás más advertido, inventó el dispositivo del pase. Frente a la lengua común de la transmisión académica, apostó por las lenguas singulares, una por una, de cada análisis. No es una respuesta defensiva, como podemos observar, es una apuesta decidida, riesgosa, que apunta a la estructura misma.
Si tomamos el ejemplo de Babel, vemos la argucia de Dios. No impide construir la Torre, simplemente descompleta la lengua común y parece ser que con buenos resultados. Argucia similar la que nos presenta Lacan, no se ataca la jerarquía, solo se descompleta con el gradus. Si eventualmente algo puede hacer la contra a la lengua común no será otra cosa que la singularidad de cada una de las lenguas que el dispositivo del pase permitirá, eventualmente también, escuchar.
Esa fue la apuesta.
No fue muy bien recibida, la carta a los italianos da perfecta cuenta de ello.
La posterior disolución de la École freudienne de París también lo confirma.
Luego, la adopción sin mucha esperanza de la École de la Cause freudienne lo corrobora.
La invención freudiana, en la espera de un rescate que parecía imposible, propició la aparición de un lector que supo recoger su legado. La invención lacaniana no apunta a lo mismo, no queda a la espera de un lector, propicia más bien una multiplicidad de lenguas, el balbuceo propio de cada una de ellas, su dispersión por el mundo, como la auténtica Babel, a la espera de lo nuevo, un auténtico trabajo de transmisión colectivo.